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UN CUENTO DE NAVIDAD

El maestro joyero cerró la puerta de su taller suavemente, como siempre, mientras en la antigua calle a la que daba su puerta caían muy despacio los copos de nieve. Tan despacio como las últimas volutas del incienso que impregnaban de aromas exóticos el aire del taller, mezcladas con el humo del tabaco que fumaba mientras trabajaba.

Había tenido una conversación con uno de sus mejores clientes, que quería la joya más espectacular para regalar a su esposa el día de Navidad. Fue con tanta precipitación que se lo había dicho hacía solamente unas horas, pero envolvió su cuello con la bufanda de lana de cachemira, se puso un cálido chaquetón y aún encendió un cigarrillo más antes de llegar a la puerta para salir, ¡maldita sea!, él también tenía una esposa y no iba a dejarla sola en Nochebuena. Nevaba suave pero intensamente, iba a cubrir, y sólo pensaba en llegar a casa, cenar tranquilamente y leer abrigado junto a Beatriz una edición decimonónica de “La Divina Comedia” en italiano hasta que se adormilaban, soñando con los tiempos de juventud, cuando se conocieron mientras vivían en Florencia:

Nel mezzo del cammin di nostra vita

mi ritrovai per una selva oscura,

chè la diritta via era smarrita…

 

(A la mitad del camino de nuestra vida

me encontré en una selva oscura,

porque había perdido la buena senda…)

Nada más cerrar la puerta tras de sí se dio cuenta de que había olvidado apagar el foco que iluminaba la joya que había prometido acabar para el día siguiente, que por cierto ya no acabaría. Había acabado todo el trabajo en oro, pero sin las piedras era como una roca perforada durante siglos por las olas más salvajes de los mares del Norte. Brillaba reluciente, hermosa pero hueca, como un corazón que nunca hubiese llegado a latir.

El viejo taller se conservaba como siempre fue, eterno, el banco inconfundiblemente de joyero contra una pared, el foco iluminando la madera golpeada sin tocar el espacio vacío en forma de media luna donde el maestro trabajaba, y en el centro del círculo de luz la joya inacabada.

A medianoche seguía nevando, el aire se había aquietado, un gato callejero se envolvía sobre sí mismo para protegerse del frío, y sólo se escuchaba algún paso tímido que se dirigía hacia la cercana catedral, en la que se celebraría la Misa del Gallo.

En ese momento, en la medianoche, un aleteo leve comenzó a escucharse en el taller. Una pequeña hada de brillo metálico, posada sobre una estantería, estaba moviendo sus alas a gran velocidad, ejercitándolas para emprender un vuelo decidido hacia la otra esquina de la habitación, donde se guardaba un ejército aún inmóvil. El hada comenzó a abrir pequeños cajones, uno tras otro, mientras desde sus frágiles alas se iba desprendiendo un centelleante polvo que, al caer en el interior de los cajones, hacía que cientos de pequeñas patitas, alitas y cabecitas comenzaran a cobrar vida. Una vez estos seres estaban animados trepaban, corrían o volaban a abrir otros pequeños cajones en los que se encontraban ya preparados anillos, pendientes, broches y collares con miles de flores de colores, ¡de repente todo el taller se hallaba repleto de vida! Mariposas y pequeñas moscas, todo lo que tenía alas, se movía de una flor a otra como en la más prolífica primavera, mientras brotaban más y más flores, flores de amatista, de granate y de turmalina, de ópalo o de calcedonia. Nada más salir las elegantes libélulas y los circunspectos dragones se llevaban volando cada piedra recién nacida para colocarla cerca de aquella pieza que no se acabaría, mientras que las perlas iban mágicamente rodando por el suelo para quedarse también en el mismo lugar. Una vez allí una pequeña y lustrosa tortuguita iba escogiendo y colocando en su lugar cada uno de los refulgentes peridotos y topacios, turquesas e iridiscentes perlas. La increíble actividad continuó hasta que la tranquila maestra dijo que la obra era perfecta y metió patas y cabeza en su caparazón. Todos los participantes se acercaron a admirar la joya y suspiraron, orgullosos por el trabajo tan maravilloso que habían hecho, agradecidos al joyero que les había imaginado y dado vida.

El hada, que pacientemente había estado colaborando aquí y allá, espolvoreó también un poco del rutilante polvo sobre aquella hermosa obra de arte e invitó a todos los amables trabajadores a volver a sus lugares de reposo, cerrando cada cajoncito con cuidado y volviendo a su estantería cuando ya la luz del amanecer rozaba la ventana del taller.

Sonó la llave entrando en la cerradura de la puerta, el maestro joyero volvía apurado a hacer todo el trabajo posible aunque tuviera que entregar el trabajo un poco más tarde. Todo estaba en su sitio, como el día anterior. Volvía con su bufanda y un chaquetón nuevo que Beatriz le había regalado por ser Navidad. Prendió un par de barras de incienso, un cigarrillo, y se quedó tan admirado por lo que estaba viendo, aquel acabado y maravilloso babero cuajado de gratitud, que mientras escuchaba un apagado aleteo las llaves se le cayeron al suelo de madera, cerca de una pequeña tortuga dorada a la que no le había dado tiempo a llegar a su cajón.

A l’alta fantasia qui mancò possa;

ma già volgeva il mio disio e ‘l velle,

si come rota ch’ igualmente è mossa,

l’Amor che move il sole e l’altre stelle.

 

(A la alta fantasía le faltaron aquí las fuerzas;

pero ya giraban mi deseo y mi voluntad

como rueda que igualmente es movida

por el amor que mueve el sol y las demás estrellas).

 

 

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